Aunque no es exactamente lo mismo ansiedad, angustia y pánico, a la hora de reconocerlas y del tratamiento, es cuestión de sensaciones y de grados. No me gusta el nombre de «ataque de ansiedad» o «ataque de pánico», porque si bien la palabra “ataque” pudiera ser descriptiva de lo que pasa en el Sistema Nervioso que se siente como “atacado”, en realidad no es peligroso y se trata más de una crisis, como un desbordamiento de mucho miedo intenso acumulado, en realidad no es que la ansiedad o el pánico me “ataca”, sino que sale, se expresa con esas señales.
Eso sí, para aclarar de que se trata:
El Ataque de Pánico (AP) se caracteriza por la presencia temporal o aislada de miedo o de malestar intenso, acompañado al menos de cuatro de los siguientes síntomas físicos y cognitivos:
1) Palpitaciones, golpeteo del corazón o aceleración de la frecuencia cardíaca;
2) Sudoración;
3) Temblor o sacudidas;
4) Sensación de dificultad para respirar o de asfixia;
5) Sensación de ahogo;
6) Dolor o molestias en el tórax;
7) Náuseas o malestar abdominal;
8) Sensación de mareo, inestabilidad, aturdimiento o desmayo;
9) Escalofríos o sensación de calor;
10) Parestesias (sensación de entumecimiento o de hormigueo);
11) Desrealización (sensación de irrealidad) o despersonalización (separarse de uno mismo);
12) Miedo a perder el control o de “volverse loca/o”;
13) Miedo a morir.

Atravesar por la cara oscura de las crisis de angustia o ansiedad no es fácil, y la familia: la familia biológica, la de sangre; – y/o la familia afectiva, la creada y cuidada del presente; puede ser un lugar seguro y necesario de apoyo y recuperación.
A veces queremos ayudar y no sabemos bien cómo hacerlo, ya que además es importante evitar ciertas actitudes y comentarios que pueden tener el efecto contrario.
Es común que la persona con dificultades con la ansiedad tenga cambios en su comportamiento, puede ser una consecuencia misma del malestar emocional o ansiedad, o bien un intento de reducir o «controlar el problema» (por sentir miedo a ser rechazada/o por ello, con vergüenza, o no querer que l@s demás se preocupen).
Cuando las personas sentimos ansiedad tenemos cambios de humor, estamos más irritables, podemos dejar de hacer planes, aislarnos o evitar ciertas situaciones y no siempre es fácil.
Por ello hemos de recordar que la ansiedad por muy difícil, repentina, estrepitosa y llamativa que pueda ser a veces, es una emoción que NO es peligrosa. Y que, como emoción y experiencia, por muy desagradable, intensa y angustiosa que sea, tiene siempre una temporalidad: tiene un inicio y un final.
Sí, es una emoción con una funcionalidad para el Ser Humano, para el sistema nervioso y para la supervivencia, que en sí NO es patológica, aunque a veces su persistencia o su aparición intensa y repetida es una experiencia dolorosa y difícil que puede limitarnos la vida.
Algunas de sus manifestaciones pueden resultar muy desagradables, aparatosas y asustarnos, pero son intentos del Sistema Nervioso de proteger, regular y volver a la seguridad y la calma, son reacciones fisiológicas adaptativas y temporales.
El cerebro y nuestro cuerpo-mente siempre actúa en pro de la supervivencia, aunque a veces tenemos que reeducarle porque quizá lo que le fue útil en su momento no lo es ahora.
Existen multitud de modos de trabajo con la ansiedad en el proceso de terapia, las técnicas de respiración y relajación variadas, meditación y escáner corporal, distracción del foco, grounding, continuar el movimiento, focusing, aceptación de sensaciones, visualizaciones, exposición, … pero lo importante va a ser saber adecuarlo a la persona según su momento, recursos y características de los episodios.
Es importante tener en cuenta que la ansiedad en sí no es el problema ni algo malo a controlar y «quitarse» (de hecho esto suele tener el efecto contrario), y que no hay una técnica universal para los momentos de crisis.
Eso sí, conocer de cerca cómo funciona el mecanismo de la ansiedad y los diferentes recursos y herramientas será muy útil a nivel preventivo general y para los momentos de crisis.
Al apoyar a alguien que está pasando por una crisis de ansiedad o una etapa de vida con crisis frecuentes, hay que recordar que la ansiedad es un síntoma y es importante trabajar más allá del apoyo y gestión en la crisis para profundizar, conocer sus raíces y prevenir a largo plazo.
En Terapia se trabaja para poder realmente superar unos síntomas -como lo es la ansiedad-, conociendo la capa que hay por debajo que los activa, y la función concreta que han desarrollado. De este modo se van desarrollando nuevas estrategias y patrones que «reeducan» a un sistema nervioso desbordado y apoyan en la regulación emocional básica de un modo más adaptativo para la vida.
PAUTAS GENERALES PARA EL ACOMPAÑAMIENTO EN CRISIS DE ANSIEDAD:
NO
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No presionar ni invadir. Deja su espacio, aún ofreciendo tu apoyo: muchas veces se trata más de estar acompañando desde la presencia y tu propia tranquilidad y seguridad, más que decir o hacer nada especial.
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No le digas que se calme. Si la persona pudiera solo con quererlo lo haría y no estaría en esa crisis, llegado ese punto es una cadena de reacciones fisiológicas las que se llevan a cabo y lo que podemos hacer es acompañarlas y sostener.
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No dramatizar o angustiarse también. Lo cual crea más alarma aún. Tu compañía ha de ser un sistema regulado, confiado y seguro, que apoye a un sistema nervioso temporalmente desbordado. Si no puedes asegurar esto….., puede ser mejor que te mantengas en silencio, a un lado o buscar otro apoyo más seguro.
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No caer en el exceso de apoyo, hablar mucho…
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No dar consejos, ni demasiada gente alrededor.
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No sobreproteger, ni mostrar impaciencia.
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No añadir factores de estrés innecesarios.
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No dar por hecho lo que la persona necesita.
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No quitar importancia, no invalidar ni negar el malestar o el bloqueo físico-mental que puede darse.
SÍ
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Hablar con un tono de voz tranquilo, de modo suave y claro. Vivir una crisis de ansiedad provoca gran sufrimiento, hasta el punto en que la persona puede llegar a sentir estar ante la muerte o perdiendo la cordura. En ese momento tener al lado a alguien que reaccciona con nerviosismo y pánico y sin saber qué hacer puede aumentar aún más la ansiedad. Mantener el contacto y la presencia emocional serena, a pesar de que en plena crisis a veces la persona puede responder de modo agresivo, escuchar una voz firme y calmada puede ser esencial para disminuir el nivel de activación de su sistema nervioso.
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Usar frases cortas que muestren seguridad y confianza, alternando con el silencio, la escucha y el contacto físico. Recordar que todas estas sensaciones y malestar tienen un final y que vas a permanecer a su lado.
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Mostrar una actitud de acogimiento, contención, seguridad y calma. Implica ser capaz de estar en escucha total y profunda de lo que la persona necesite volcar, sin argumentar ni enjuiciar, por muy difícil o doloroso que sea lo que escuches.
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Dejar su propio espacio. Preguntar qué necesita y respetar lo que pida la persona.
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Dejar al cuerpo moverse o expresarse según lo que pida, sin juicio. Lo que sea está bien y puede ayudar a ir soltando
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Preguntar por sus propios Recursos, que le hayan ayudado previamente, o ejercicios si es que ha trabajado con su terapeuta en estos casos, o audios o ejercicios si quisiera.
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Recordar que vas a estar a su lado, y que te vas a quedar hasta que este malestar pase.
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Tomarse un tiempo después. Una vez que ha pasado: recordar que una crisis suele dejar agotamiento y es bueno tomarse un tiempo que es necesario sin exigencias y de reposo. El cuerpo y la mente ha hecho un esfuerzo enorme en reponerse, muchas veces yo lo explico como un «reset» del sistema literal, y es normal que lleve un tiempo recuperar energías y reestablecerse del todo.
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Si puedes aporta dosis de paciencia y cariño, también el humor nos ayuda en momentos difíciles.
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Reforzar y celebrar habilidades y recursos, confiar en la capacidad de regulación y de aprendizaje que está poniendo.
